
A rusted toy car the size of a thumb, buried under a playground sandbox. Santiago remembers the exact afternoon he put it there — and the promise he made to himself when he did.
El parque estaba lleno, como todos los sábados. Los niños corrían entre los columpios, las madres gritaban nombres que nadie escuchaba, y el olor a elote con limón llegaba desde un carrito estacionado junto a la entrada. Santiago observaba todo eso desde una banca de metal que le quemaba los muslos a través del pantalón.
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