
Twenty-six poisonous plants. All painted with exquisite precision. None of them real.
En 1816, Edward Marsh llegó a Sídney encadenado a otros cuarenta hombres. Tenía las manos finas de quien jamás había cavado una zanja, y el gobernador Macquarie lo notó desde el primer día. La sentencia —catorce años de trabajos forzados por falsificación de documentos bancarios— era, paradójicamente, un elogio a su talento.
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