
A perfume can tell you everything about where it comes from—if your nose is good enough to smell the blood in it.
La primera vez que Rafael dudó de todo lo que sabía fue un martes por la tarde, mientras decantaba treinta mililitros de absoluto de iris pallida en un matraz aforado. El aroma era perfecto —demasiado perfecto—, y esa perfección fue lo que encendió la alarma. Llevaba siete años en la Maison Estève, la última casa artesanal de Grasse que todavía se resistía a producir fragancias con moléculas sintéticas.
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