
Thirty-seven pints of Guinness, four bottles of whiskey, one broken window, and a stolen chicken — all charged to a dead man's name in a pub at the edge of the Atlantic. His grandson just walked through the door.
El pueblo no tenía nombre en el mapa de Josué. Solo un punto rojo que su abuelo había marcado con bolígrafo, décadas atrás, sobre una hoja arrancada de un atlas viejo. «Ahí», había dicho el abuelo Marcos antes de morir, señalando la costa occidental de Irlanda.
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