
A word that doesn't exist. A dictionary that says it does. And four thousand hectares of Patagonian lakefront changing hands because of it.
Emilia Cortázar llevaba once años entre diccionarios, y si algo había aprendido era que las palabras rara vez mienten. Las personas las tuercen, las estiran, las vacían de contenido, pero la palabra en sí —su etimología, su trayectoria por la historia— funciona como un hueso fósil: revela la verdad del animal que fue. Por eso, cuando encontró una palabra que no tenía huesos, supo que algo estaba mal.
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