
A god walks into a village. He slips in the mud, breaks a clay pot, and accidentally sits on a chicken. Somewhere in this miserable pueblo, his magic dice are hiding — and every hour without them, things get worse.
Rodrigo era un dios. No el dios más importante, pero sí uno muy útil: el Dios de la Suerte. Desde su lugar en el cielo, tiraba sus dados de hueso dorado y decidía quién encontraba dinero en la calle, quién ganaba en las cartas, quién escapaba de la lluvia justo a tiempo.
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