
Eight thousand bees on a rooftop in a city that forgot what pollen smells like. One sixteen-year-old boy in an inherited beekeeper suit, standing between them and twelve drones with blinking red eyes.
La primera vez que una abeja aterrizó en la mano de Esteban, él tenía siete años y su abuelo Martín aún estaba vivo. Fue en la azotea del edificio Torres del Cielo, cuando Bogotá todavía tenía árboles de verdad entre sus torres de cristal. El abuelo le dijo que no moviera el dedo, que la abeja solo quería saber si él era una flor.
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