
A matted, limping stray arrives at a Buenos Aires veterinary clinic. Beneath its filthy fur: a collar studded with real diamonds—and a tracking device counting down to someone's arrival.
El perro apareció un viernes a las once de la noche, cuando Celeste ya estaba cerrando la clínica veterinaria. Cojeaba, tenía el pelo lleno de nudos y olía muy mal. Pero sus ojos castaños la miraron con tanta tristeza que no pudo dejarlo en la calle.
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