
Three unmarked trucks are feeding a supercell storm with silver iodide—and a meteorologist with a beat-up van is the only thing standing between a tornado and eight hundred sleeping people.
Adrián Vega llevaba diecisiete horas conduciendo cuando el radar portátil dibujó lo que había estado esperando toda la primavera: una firma mesociclónica impecable sobre la meseta, al sur de Palencia. La supercelda avanzaba hacia el sureste a cuarenta kilómetros por hora, arrastrando una cortina de granizo y un muro de precipitación que oscurecía el horizonte como una mancha de tinta. Aparcó la furgoneta en el arcén de una comarcal sin nombre y desplegó el trípode del anemómetro.
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