
Damián has a simple rule on the Madrid metro: headphones in, world out. But when two excited tourists next to him start planning their afternoon around a museum that closed ten years ago, his comfortable silence becomes harder to maintain.
Damián tenía una regla para el metro: auriculares puestos, mirada al suelo, cero interacción. No era antisocial, o al menos eso se decía. Simplemente necesitaba esos veinte minutos entre la oficina y su piso en Lavapiés para no pensar en nada.
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