
When a zoo's parrots start repeating visitors' whispered secrets out loud, a veteran bird veterinarian is called in—and discovers the unsettling reason these birds aren't choosing their words at random.
Santiago llevaba quince años como veterinario de aves exóticas. Había tratado loros con problemas respiratorios, guacamayos deprimidos y una cacatúa que se arrancaba las plumas por ansiedad. Pero nunca había recibido una llamada como la de aquel martes.
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