
Two retired painters spend eleven months planning the perfect Louvre heist — not to steal the Mona Lisa, but to hang their terrible watercolors right next to her.
Elías tenía setenta y tres años, una rodilla que crujía como puerta de iglesia y la convicción absoluta de que su acuarela de un gato dormido merecía estar en el Louvre. Rafael, dos años mayor y considerablemente más sordo, compartía esa convicción, aunque la suya era una acuarela de un plato de ceviche que parecía, según palabras de su propia hija, «un accidente de tráfico con limón». Habían sido amigos desde los treinta, cuando coincidieron en un taller de acuarela del barrio.
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