
An ice sculptor from Guatemala carves a monument to impermanence in the coldest city on Earth. Then the cold disappears.
Denis llevaba doce años tallando hielo, pero nunca nada parecido a esto. En Guatemala, el hielo era una cosa utilitaria: llegaba en camiones, empacado en hieleras azules, destinado a los puestos de fruta del mercado. La idea de que una ciudad entera pudiera construirse con él le había parecido absurda, un cuento de hadas narrado en temperaturas bajo cero.
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