
He could read the wind before he could read a physics textbook. Now someone wants to cage that gift inside a laboratory.
Samuel tenía catorce años y los dedos llenos de cicatrices finas, casi invisibles, que el cerol había ido grabando en su piel como un mapa de todas las batallas ganadas. Desde el techo de la casa de su abuela —tres plantas de ladrillo sin revocar que trepaban por la ladera del Morro da Providência— podía ver medio Río de Janeiro: la bahía con sus barcos diminutos, los edificios de cristal del centro y, sobre todo, el cielo abierto donde cada sábado decenas de pipas danzaban como pájaros furiosos. No recordaba cuándo había empezado a entender el viento.
Opening lines