
Orbiting Earth on a routine debris-clearing mission, an astronaut cracks open an unmarked satellite older than she is — and finds surveillance photos of her own grandmother staring back at the sky.
Sol Herrera llevaba once días en órbita cuando la misión dejó de ser rutinaria. Su trabajo consistía en localizar y capturar fragmentos de basura espacial: piezas de cohetes abandonados, satélites muertos, restos metálicos que giraban a velocidades capaces de perforar un casco. La Agencia había bautizado el programa con un nombre optimista —Cielo Limpio— y Sol era una de las seis operadoras encargadas de ejecutar la limpieza orbital más ambiciosa de la década.
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