
Inés has spent twenty-two years naming colors most people can't even distinguish. When a neurological event rewires her vision into a storm of neon static, she must find a way to do her job—and see the world—without trusting her own eyes.
Inés llevaba veintidós años calibrando el mundo. Su puesto en el estudio se describía con engañosa sencillez —verificaba la fidelidad cromática de embalajes, identidades corporativas, material de marca—, pero la precisión que exigía rozaba lo obsesivo. Distinguía entre un Pantone 186 C y un 187 C de un vistazo, igual que un sumiller distingue un Ribera del Duero de un Toro sin leer la etiqueta.
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