
A master forger in Florence receives an impossible commission from the Vatican: restore a fresco that was painted over centuries ago—not to conceal nudity, but to seal a portal whose bleeding pigments can rewrite whoever looks at them.
Martín Orozco llevaba veintidós años falsificando obras maestras cuando monseñor Rossi le puso sobre la mesa una fotografía en blanco y negro de un fresco que no debería existir. «Capilla de San Cosimo, cripta inferior», dijo el clérigo sin más preámbulo, alisando la imagen con dedos amarillentos por la nicotina. «Necesitamos que lo restaure».
Opening lines