
A violinist discovers sheet music that puts audiences into a trance—the perfect crime, until someone in the crowd keeps her eyes open.
Damián no había vendido una entrada en semanas. Tocaba en las calles de Valparaíso, en los cerros donde a veces pasaban turistas, pero las monedas en su estuche apenas cubrían la comida. El violín era bueno —herencia de su abuelo—, pero el talento por sí solo no paga el alquiler.
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