
A British pigeon keeper on the Western Front intercepts German carrier pigeons expecting military intelligence—but finds love letters describing a London home he knows far too well.
Octubre de 1917. El barro de Flandes tenía un olor que no se parecía a nada conocido —una mezcla de arcilla mojada, cordita y algo dulzón que Leonard Harrow prefería no identificar. Llevaba catorce meses en el frente occidental, y de todos los oficios posibles en aquella guerra, le había tocado el más extraño: cuidar palomas.
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