
A las tres de la madrugada, solo en un museo de París, Josué descubre que el artista más famoso de Francia era tan torpe como él.
El primer error de Josué fue pensar que el trabajo iba a ser fácil. Cuando consiguió la pasantía en el Museo Delacroix de París, su madre lloró de alegría por teléfono desde Tegucigalpa. «Mi hijo, en un museo de verdad», repetía.
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