
Fifty-three moves of embarrassing mediocrity between two Cold War chess legends. A retired grandmaster in Mexico City stares at the board until 3 a.m.—and the errors start spelling words.
Santiago Herrera llevaba tres semanas sin dormir más de cuatro horas. No era insomnio: su cuerpo pedía descanso, pero cada vez que cerraba los ojos veía el tablero. Las piezas de la partida Volkov contra Whitfield, Reikiavik, 1974, flotaban detrás de sus párpados como una ecuación que exigía resolverse.
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