
Thirty seconds. A wrong fuse. Two men in a tunnel who don't share a single word between them — only a knife and a shrinking length of burning rope.
El olor a pólvora negra era lo primero que Declan O'Brien notaba cada mañana, antes incluso que el frío de la Sierra Nevada. Llevaba tres años volando roca para la Central Pacific Railroad, y la pólvora ya formaba parte de su piel, de sus uñas agrietadas, del fondo de sus pulmones. Aquella tarde de noviembre de 1866, el túnel número ocho apenas tenía quince metros de profundidad.
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