
Ramón, a celebrated crossword champion, starts noticing that the Sunday puzzles in his favorite newspaper contain eerily specific references to his own daily routine—and only one person could be behind it.
Ramón Beltrán llevaba diecisiete años ganando el Campeonato Nacional de Crucigramas. Diecisiete años de levantarse a las seis, preparar café solo con una cucharadita exacta de azúcar moreno y sentarse frente al periódico con un bolígrafo —nunca lápiz— de tinta azul. Para él, los crucigramas no eran un pasatiempo: eran una conversación cifrada con alguien más inteligente que uno.
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