
A crumpled envelope hidden inside a dictator's bulletproof limousine has waited decades for the right pair of greasy hands to find it.
El taller de Lautaro Vega ocupaba un galpón en el barrio de Barracas que olía a grasa vieja y a nafta. No era un lugar elegante, pero tenía fama entre coleccionistas de autos clásicos por una razón sencilla: Lautaro no hacía preguntas. Restauraba lo que le traían, cobraba bien y entregaba puntual.
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