
A chemist tries to bottle nostalgia for an artisan perfume house. Instead, he synthesizes something far worse — and far more addictive.
El laboratorio de Sebastián Olvera ocupaba el tercer piso de una casona en la colonia Roma, reconvertida en sede de Ámbar Profundo, una casa de perfumería artesanal que llevaba quince años compitiendo contra los gigantes europeos con ingredientes mexicanos: vainilla de Papantla, cacao de Tabasco, flor de cempasúchil destilada en alambiques de cobre. El encargo llegó en marzo, formulado con la vaguedad propia de los directores creativos. Paulina Estrada, fundadora de la casa, lo resumió en una frase: «Quiero embotellar la nostalgia».
Opening lines