
When the royal chef accidentally seasons a diplomatic banquet with his own tears, every guest at the table begins confessing secrets no treaty was ever meant to survive.
Agustín llevaba veinte años cocinando para la corte del reino de Valderas y jamás había llorado sobre un plato. Era una cuestión de orgullo profesional. Las cebollas las cortaba con los ojos cerrados, las historias tristes las guardaba para después del servicio, y si alguna vez sentía ganas de llorar, se mordía la lengua hasta que el impulso pasaba.
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