
Inside an 18th-century automaton lies a weapon that shouldn't exist for another two hundred years. A master horologist has forty-eight hours, a pair of tweezers, and one very uncomfortable dinner reservation.
Facundo Iriarte llevaba treinta años conversando con el tiempo a través de engranajes. Su taller en San Telmo, pequeño y desordenado en apariencia pero quirúrgicamente preciso en su lógica interna, había visto pasar relojes de bolsillo, péndulos victorianos y cajas musicales suizas. Pero nunca un autómata del siglo XVIII.
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