
Yaritza just wanted to decompress after work. The clay had other plans — and so did her pottery instructor, who saw a tortured masterpiece in every lopsided lump she touched.
Yaritza no tenía talento para la cerámica. Esto era un hecho tan sólido como la mesa del taller donde, cada martes a las siete de la noche, intentaba convertir un trozo de arcilla en algo reconocible. Todo había empezado por culpa de un artículo en internet.
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