
Tomás only needed two more weekends in a humiliating chicken costume to afford his dream guitar—until his ex-girlfriend walked straight up to him with a smile he wasn't ready for.
Tomás odiaba el disfraz de pollo. Le picaba el cuello, olía a sudor viejo y las plumas de plástico le hacían sudar como si estuviera en una sauna. Pero cada vez que pensaba en dejarlo, cerraba los ojos y veía la guitarra eléctrica en el escaparate de la tienda de música: una Fender roja, brillante, perfecta.
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