
A Sumerian clay tablet carved with a mushroom cloud. A Geiger counter screaming in an empty desert. And three unmarked vehicles closing in fast on a site that officially doesn't exist.
La aguja del contador Geiger llevaba tres semanas muerta. Tres semanas de polvo, calor insoportable y cerámica rota en el sur de Irak, sin que el aparato registrara nada fuera de lo común. Sebastián Herrera había dejado de consultarlo de forma rutinaria.
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