
At 850 meters below the Pacific, no living thing could knock on a submarine hull. So Sebastián stops breathing, rewinds the recording, and listens again.
Sebastián apretó los auriculares contra sus oídos. A 850 metros de profundidad, el silencio era lo normal. El océano a esa distancia de la superficie era un desierto de sonido: solo el ronroneo de los motores del submarino y algún crujido ocasional del casco bajo la presión.
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