
A celebrated tattoo artist in Madrid is forced to ink a coded blueprint of the Tokyo Mint onto the back of a mute amnesiac who slips him secret notes claiming to be a fallen INTERPOL agent—but nothing about her is what it seems.
La aguja zumbaba con la cadencia de un insecto atrapado entre cristales. Joaquín Estrada —treinta y ocho años, tres premios internacionales de tatuaje y una reputación que le precedía como el relámpago precede al trueno— levantó la vista del antebrazo que llevaba dos horas bordando cuando la campanilla de su estudio en Malasaña tintineó a las once de la noche. «Estamos cerrados» —dijo sin alzar la voz.
Opening lines