
A hydro-engineer notices that the tidal cycles powering his city are shortening by exactly forty-seven seconds each day—and when a disgraced oceanographer shows him data spanning three centuries, he realizes the tides aren't tides at all.
Los datos no cuadraban, y eso era lo que más le inquietaba. Rafael llevaba catorce años monitorizando las turbinas mareomotrices de la bahía de Lume. Conocía cada fluctuación estacional, cada anomalía provocada por borrascas atlánticas, cada capricho gravitatorio de la luna nueva.
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