
A master perfumer's world dissolves into silence, one scent at a time. His last hope wears earbuds and wants nothing to do with him.
Héctor Salazar había dedicado cincuenta años de su vida a crear perfumes. En su pequeño laboratorio del barrio La Candelaria, rodeado de cientos de frascos con esencias de todo el mundo, había compuesto fragancias que llevaban mujeres en París, Tokio y Nueva York. Pero aquella mañana de enero, cuando acercó a su nariz un frasco de jazmín absoluto —su esencia favorita, la que reconocía desde los seis años— no percibió nada.
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