
A carpet in a Marrakesh souk carries seven words in Spanish, a date that hasn't happened yet, and a warning meant for no one — or for exactly one person.
Nelson había visitado Marrakech tres veces, pero los zocos seguían confundiéndolo. Cada callejón desembocaba en otro idéntico: muros de color ocre, cables cruzados sobre las cabezas, el aroma espeso del comino mezclado con cuero curtido. Para la mayoría de los turistas, aquel lugar era un laberinto hostil.
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