
When Spain's foremost expert in books bound with human skin examines a supposedly 17th-century volume, a single anachronistic pigment unravels a horror far more recent than anyone imagined.
Ignacio Arteaga supo que algo andaba mal antes de poder definir qué era. Llevaba diecisiete años palpando encuadernaciones de piel humana —los poros inconfundibles, esa textura cérea que ningún curtido vacuno logra replicar del todo— y aquel volumen, bajo la lupa estereoscópica, le transmitía una disonancia que todavía no sabía nombrar. El libro había llegado tres días antes al Departamento de Conservación de la Universidad Complutense dentro de una caja de cartón forrada en fieltro gris.
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