
A minimum-wage art restorer hides modern logos in a Renaissance painting as a private joke. The art world calls it a four-hundred-year-old prophecy.
Renato Cifuentes llevaba diecisiete años restaurando obras que el mundo consideraba invaluables y que a él, francamente, le provocaban una indiferencia cercana al hastío clínico. Diecisiete años inclinado sobre lienzos del siglo XVI con un bisturí, una lupa y una contractura cervical que ningún fisioterapeuta lograba remediar. Su salario, ajustado a la inflación, era inferior al de un repartidor de comida a domicilio con buenas reseñas.
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