
Every coffee plant on Earth is dead. Every single one — except the scraggly bush hidden in a wooden crate, bound for Antarctica in the arms of a smuggler who definitely isn't doing this for sentimental reasons.
La planta viajaba en una caja de madera con agujeros diminutos, envuelta en mantas térmicas que Fátima cambiaba cada seis horas. No parecía gran cosa: un arbusto verde oscuro de medio metro, con hojas brillantes y tres racimos de frutos rojos que aún no habían madurado. Pero era la última planta de café del mundo, y había gente dispuesta a matar por destruirla.
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