
When Spain's most celebrated crossword setter is abducted, he hides a desperate message inside his Sunday puzzle—one only his fiercest rival of thirty-two years would ever notice.
Ramón Ortega llevaba treinta y dos años resolviendo el crucigrama dominical de El Correo antes de desayunar. No por placer, sino por orgullo profesional. Álvaro Medina, su rival desde los tiempos de la facultad, firmaba aquellas cuadrículas bajo el seudónimo «Espartaco», y Ramón necesitaba confirmar cada domingo que él lo habría hecho mejor.
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