
A cross of black basalt. An inscription mirroring the Lord's Prayer in a language no European has ever spoken. Venice, 1507 — and the Pope needs it erased from every map before the world finds out.
El taller de Ángel Morosini ocupaba el último piso de un edificio angosto junto al Rio di San Luca, donde la luz de la mañana entraba sesgada por dos ventanas estrechas y caía sobre mesas atestadas de pergaminos, compases y frascos de tinta. Durante veinticinco años, Ángel había trazado las costas del mundo conocido con una exactitud que le granjeó el respeto de mercaderes, navegantes y príncipes por igual. Cada línea en sus portulanos era el resultado de semanas de entrevistas con marinos, cotejo de bitácoras y cálculos pacientes bajo la llama oscilante de un candil.
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