
Un viejo forjador de katanas. Un samurái joven que ya no cree en su propia espada. Y una montaña donde el acero todavía recuerda cómo cantar.
El viejo caminaba despacio, y Tomohiro tenía que recordar cada pocos minutos que no podía obligarlo a ir más rápido. Maestro Hayashi llevaba sesenta y tantos años encima y un fardo de herramientas que pesaba casi tanto como él. Pero cada vez que Tomohiro ofrecía cargarlo, el anciano lo apartaba con un gesto seco de la mano.
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