
Nineteen years old, lungs full of saltwater and ambition, Sara surfaces with proof that a fortune has been hiding inside the one thing keeping her village alive.
Sara había aprendido a bucear antes que a montar en bicicleta. En la isla de Providencia, donde las calles terminaban en el mar y el mar terminaba en el horizonte, eso no era inusual. Su abuela decía que los niños de la isla nacían con branquias invisibles, y Sara, a los diecinueve años, todavía no había encontrado razones para dudar de esa afirmación.
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