
Amsterdam, winter of 1636: a bankrupt master painter invents a tulip so exquisite that half the city bids fortunes on a flower that has never grown in soil. Then a stranger rises at auction and claims the impossible—he owns the bulb.
Part 1 of 2 in The Tulip That Never Bloomed
«Píntame una flor que no exista», dijo Willem Blanckert, y dejó caer sobre la mesa una bolsa de florines que sonó a absolución. Joost van Aelst apartó la vista de la bolsa con el esfuerzo de quien aparta la vista de una herida. Debía tres meses de alquiler, debía al vendedor de paneles de roble, debía hasta al boticario que le fiaba el aceite de linaza.
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