
Fifteen kilos of alien data, thirty minutes of oxygen, and fifty-degree heat between Tomás and the surface. The math doesn't work.
Tomás llevaba tres horas explorando la Cueva de los Cristales, en Naica, Chihuahua. Los enormes cristales de selenita, algunos de más de diez metros, brillaban bajo la luz de su casco. La cueva era una catedral de mineral, pero el calor —casi cincuenta grados— hacía que cada respiración costara el doble de esfuerzo.
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