
Nineteen seconds. That's all it takes to unravel eleven years of professional detachment. Somewhere beneath the static of a fraud deposition, a voice is whispering something it shouldn't.
Dariel arrastraba la silla hasta el escritorio todas las mañanas a las seis y cuarenta y siete. No a las seis y cuarenta y cinco, no a las siete menos diez. La precisión del horario había dejado de ser costumbre para convertirse en algo casi litúrgico, un acto de fe mínimo que le garantizaba —o eso creía— el control sobre un oficio donde la exactitud lo era todo.
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