
Azucena hasn't cried in public since 1987. She doesn't own a cellphone, she doesn't need help, and she certainly doesn't need family — which is why she's paying strangers two hundred quetzales an hour to pretend to be hers.
Azucena revisó la factura tres veces antes de firmar. Doscientos quetzales por hora, un mínimo de cuatro horas, más un suplemento por «evento formal con fotografía». El total era absurdo, pero menos absurdo que presentarse sola a la boda de Fátima.
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