
Twelve years studying dying languages, and Fernanda Ríos had never encountered one that fought back.
Fernanda Ríos llevaba doce años persiguiendo lenguas moribundas. Había grabado a los últimos hablantes de mixteco en la sierra de Oaxaca, documentado variantes del zapoteco que solo existían en la memoria de tres ancianas y publicado artículos que otros lingüistas citaban sin haberlos leído. Pero el francés cajún del pantano de Luisiana —esa lengua fantasma que los académicos daban por muerta cada década para luego descubrir que seguía respirando— era el proyecto que iba a consolidar su carrera.
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