
Five textile fragments. Five continents. One chemically impossible shade of indigo that shouldn't exist — and a curator who understands exactly what it means.
Dulce llevaba tres años catalogando textiles que nadie más quería tocar. En el sótano del Museo Nacional de Historia, rodeada de vitrinas climatizadas y del zumbido constante de los deshumidificadores, había construido su pequeño imperio de seda y algodón. La obsesión empezó con un fragmento: una tira de tela de un manto mercantil del siglo XIII, adquirida décadas atrás a una colección privada.
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