
A freelance translator receives an anonymous audio file to transcribe. When she presses play, the voice she hears is unmistakably her own—confessing to a murder that hasn't happened yet.
Itzel aceptó el encargo a las once de la noche, como hacía con casi todos. Llevaba tres meses sin un trabajo decente, y cuando el correo apareció en su bandeja —sin asunto, sin firma, solo un archivo de audio y una cifra absurda por transcribirlo—, no se hizo preguntas. El remitente figuraba como una serie de números.
Opening lines