
On Wall Street's most advanced trading floor, there are no stocks, no bonds—just people. And one Honduran physicist's unfinished equation is worth more dead than alive.
Xiomara Reyes no sabía que su cerebro valía cuatro mil seiscientos millones de dólares. Tampoco sabía que esa cifra fluctuaba cada once segundos en un servidor enterrado bajo el permafrost de Svalbard, ni que tres fondos de cobertura habían apostado a la baja contra su existencia. La primera señal fue el dron.
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